¡PRESÉNTESE! ESCRIBA SOBRE USTED

¡PRESÉNTESE! ESCRIBA SOBRE USTED

No falta a quien la oportunidad de hablar sobre sí mismo/a le parezca algo genial, no faltamos tampoco a los que la primera persona singular nos genera una cierta apatía, no se quiere probar pero en ocasiones lo obligan a uno, como cuando tu mamá te obligaba a zamparte las cucharadas del aceite de hígado de bacalao antes de que le pusieran sabores (eso sabía muy maluco), así entonces esta vez, por obra y gracia del Mono el dueño del chuzo y el que me mandó la tarea con las palabras que encabezan este escrito, heme aquí haciendo uso del yo mayestático para presentarme ante los lectores y visitantes de #Enmoto y justificar este espacio en el que, si las cosas salen bien, espero poder seguir contribuyendo durante un buen tiempo por venir.

 

Vale empezar contando que a las motos llegué por nacimiento, en el ya lejano 74 cuando mi viejo tenía un almacén de Kawasaki en Ibagué, la por entonces incipiente capital del bunde y el tamal tolimense. Dice mi progenitor que mi primera palabra fue “moto”, antes que papa o mama (así sin acentos), y que el primer susto que tuvo él conmigo, fue un día, cuando yo apenas gateaba, cuando hice caer una kawita encima de mí, lo cual es más atribuible a que la moto hubiese sido estacionada en precaria situación de equilibrio, a algún tipo de fuerza sobre natural que hubiera podido yo tener en esa inconsciente etapa de mi existencia. En cualquier caso, y una vez más de acuerdo a mi progenitor, fue todo un milagro que la kawita no acabara con mi humanidad y que por obra divina pasara justo encima de mí (según lo cuenta él). Como sea más allá de lo milagroso del evento la manía esta de tirar las motos al piso parece que no se ha perdido con el tiempo según lo consideran varios de mis amigos, pero eso dejémoslo como harina de otro costal.

 

A las Kawa les siguieron las BMW allá por los ochenta cuando ya hacía pleno uso de mis funciones como bípode y entonces el problema no era ya que tirara las motos al piso sino que no las rayara con los carritos Matchbox que hacía correr sobre las tapas lateras de las elegantes y exclusivas R100, R65, R70 y demás bellezas exhibidas en la vitrina ubicada en la calle 72 muy cerca de la Caracas en Bogotá. Luego vino el vacío, durante años y años por seguir, las motos, por una u otra razón, desaparecieron casi por completo de mis días con esporádicas apariciones en la forma de una MotoGuzzi V7, una portentosa Kawasaki Z1300 de seis cilindros y tres carburadores dobles, uno que otro espejismo de una Ducati Paso y otras motos que intermitentemente llegaban como para mantener viva en mí la ilusión de algún día poder, como le escuché alguna vez a mi viejo, vivir del hobby.

 

Fueron muchos años y muchas las curvas dobladas (en bicicleta) antes de que llegara a creer que sí se puede vivir del hobby y esto ocurrió una vez decidí trastear mi existencia a la pujante ciudad de Medellín. Luego de no pocas peripecias y unos cuantos años en la capital antioqueña, casi literalmente un día pasé, en lo que ahora parece un insospechado y vertiginoso suceso de eventos, de estar pidiendo plata para el bus para poder devolverme a Bogotá, a conseguir empleo como piloto de pruebas en AKT, combinando esta labor con la de redactor a medio tiempo para la Revista De Motos, y mientras en la ensambladora me hacía conocido por tener un cementerio de motos (no vamos a profundizar en esto), en la revista tuve la oportunidad de empezar a concretar mi sueño probando distintas motos, de todos los tamaños, cilindradas y especificaciones.

 

Del trabajo como piloto de pruebas, pasé luego a tiempo completo en la Revista, con la que pude viajar por casi todo el país y disfrutar probando las motos más nuevas en nuestro país, pasados tres años, hacia finales de 2007 me picó el bicho del motociclista viajero y me dio por coger camino en mi Pulsar 180 desde Colombia hasta la India cruzando Suramérica, África y Oriente Medio, afortunadamente y casi sin buscarlo terminé contando con el apoyo de Auteco en esta empresa, que me dio a Elvira, la moto con la que realicé el viaje, y los viáticos, con los que pagué por la gasolina de ella y las dormidas mías a lo largo de los catorce meses que duró esta travesía y que según dicen, le abrió las puertas a más de una/uno por ahí, que vió que para ir hasta la mismísima “M” no hay que tener ni la moto más sofisticada ni la más pupy, sino simplemente tener una y muchas ganas.

 

Más allá de que los haya por ahí quienes en su momento dijeron que lo mío no era más que el efecto de una traba absurda, el viaje se cumplió y durante el camino tuve la oportunidad de empezar a entrenarme en las artes de la conducción y el uso de la motocicleta (tarea de la que estoy convencido, nunca termina), no bien por la cantidad de kilómetros que hubiera recorrido, sino por la oportunidad que tuve gracias a personas maravillosas que me pusieron en el recorrido, de tomar varios cursos de conducción que me abrieron los ojos acerca de cómo se puede y se debe usar una moto, aspectos bastante menospreciados en este país.

 

De manera que al concluir el paseíto este volví al terruño a tratar de compartir lo aprendido, combinándolo de paso con esto de las letras que por momentos tienen su brillantez. Ahora reparto mi tiempo entre la instrucción para motociclistas, mujeres y hombres en motos grandes y pequeñas y en caminos de tierra y asfalto, con la eventual escritura y uno que otro viajecito por ahí de esos que le inflan a uno el alma y la existencia y, ahora dependiendo de cómo salgan las cosas por estos lados ya veremos de qué manera, con la bendición del Mono, seguimos aportando para este espacio #Enmoto.

 

Listo, hecha la tarea, a ver cuál será la próxima asignación.

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